Exoesqueleto
(Calú Cruz, 2013)
A las genialidades del escritor Franz
Kafka
(Acompañar la lectura con
“Symphony
of destruction” de Megadeth).
“Sal ya, Oh ¿me has encontrado incluso
aquí
cucaracha? Percudida de connivencia satinada
cubierta por la edad y la astucia, engrasada
cual sombra, adaptada a los chirridos del cebo”.
(Wole Soyinka).
Estaba encerrado como ave en la jaula, pero sin alguna mirada de contemplación o benevolencia, destinado a morir bajo el manto negro y en una eterna oscuridad propia que ya significaba, por sí sola, un respiro frío y casi mortuorio.
Israel
sostenía el todo entre sus manos y sus ojos bailaban de un lado al otro
buscando alguna luz. El mundo era su pelo rojizo que había trenzado y
destrenzado cientos de veces. Aquella mirada loca estaba enrojecida de estar
buscando salidas inexistentes. Algunas veces desvariaba y, recostado contra la
mugrienta pared, imaginaba que se le abrirían, como a San Pedro, las paredes de
hierro de su celda… Sin embargo, una voz interna le recordaba que esto nunca
sucedería.
El reo se
había cansado de anhelar la libertad, ya
no tenía pulmón para gritar su derecho a respirar; sin embargo, aprovechaba
cada vez que se le resquebraba lo interior para pregonar, entre sollozos
lúgubres, todo lo que significaba su hueca vida… nada, absolutamente nada.
Con
lágrimas agrias, juraba su
arrepentimiento, mientras transitaba de un lado al otro de su cuarto como un león que desespera en cautiverio. Si pudiera retroceder su tiempo;
¿el tiempo?, ¿algo tan líquido como para intentar amasarlo?, si lo más que se
llega a hacer el hombre es dividirlo en pequeñas fracciones para sentirse dueño
de él y, aún así, termina preso de este.
Hasta este
momento, como súbito chispazo, comprendió
el pecado de sus acciones; ese pasado se le decidió volver presente el
día que lo apresaron.
―Sotela!, ¡Sotela!,
¡corra que ahí vienen!
―No hombre, no puedo…
máteme, máteme o yo mismo lo mataré a usted.
Asaltar
bancos; dinero fácil sin los sudores del trabajo diario y dejando atrás los
regaños de algún jefe disconforme; ¿no parece eso una ilusión?
Un revólver
y varias detonaciones; atrás había quedado una cajera de veintinueve años
tapando la vergüenza de sus sesos con un color rojo purpúreo y, también, un
amigo suyo desde la infancia al que, por desgracia, le habían reventado el
pecho contra el suelo… Sí, en la lejanía habían quedado ambos y sin embargo,
ahora, los tenía con él, sentados en la cama, mirándole, apareciendo como
espectros con sus bocas moradas y vocalizando la nada en medio de la nada.
Sombras y
un solo milimétrico haz de luz tocando su piel trigueña, sus dedos son los
receptores mientras no haya caído la noche. Escucha voces salidas del mismo
infierno, que le dicen y no le dicen; callan y nuevamente sonríen, está
desgreñado, desteñido, desorientado y
todo lo que pueda significar ausente.
El joven
bailaba haciendo círculos con la cabeza y se le curveaba curveaba, aún más, la
espalda. Lo hacía mientras tragaba unas moronas de pan que escondió en su bolsa
para comérselas más tarde, llevaba a la boca sus dedos, no tenía el control de
sus sentidos como para diferenciar el crujir de su cuerpo o el de su alma.
Israel solo
esperaba el día, pero está sudando desde ya, su hematohidrosis no ha significado nada para los guardias del pabellón de la muerte. Aguarda la fecha
y ya le faltan dos semanas… Dos semanas
agónicas que le quedan, porque ya todo fue dicho.
Como para
burlarse de su suerte, tenía una cita programada con un cura que le ayudaría a
“redimir sus pecados”; pero días antes le dijeron que había sido
cancelada… En realidad, nunca se
concertó semejante cosa; no, porque esto
significaría la posible redención de alguien que debía ir directo al infierno:
la silla eléctrica.
Algunas
veces, el criminal, se negaba a probar los alimentos y, como para devolverle la
carga, le inyectaban suero; ya que no debía morir por sí mismo.
Se asomó al
pequeño haz de luz y no vio nada. Anteriormente, cuando leía sus libros
esotéricos, albergaba alguna esperanza de escapar de su realidad. Se quedaba
perdido viendo el cielo de su mente, cerraba sus ojos negros, respiraba
fuertemente y, alguna vez pudo salir en
medio de un somnoliento viaje astral; pero al volver no había nada, como
siempre.
Pero
durante la tarde sucedió algo fuera de lo común. Mientras observaba, de nuevo,
el milimétrico haz de luz, se dio cuenta de algo. Una cucaracha color marrón; posiblemente atraída por las migajas que había dejado
en el suelo, vino a hacerle compañía en
su calvario.
Ahí
estaba… como siempre han estado desde hace más de trescientos millones de años.
Vino rápidamente hacia las moronas pues aunque es, por naturaleza, sensible al sonido; Israel la había visto
asomar y decidió calmar el martilleo de su corazón; las cucarachas son
carroñeras y esta, en forma particular, debió percibir que no solo probaría el
pan, porque había una carroña, Israel.
Sí, tal vez eso aguardaría; hurgar el día indicado entre aquella piel
negra de humo y darse un festín; no sin
antes convidar a toda su prole. Ese pensamiento,
en primera instancia, casi lo obligó a extirparla, pero cuando el haz de luz le dio directo a la cabeza de la cucaracha
descubrió que sus ojos eran negros, tan negros como los suyos y, por primera
vez sintió la compañía de algún ser vivo dentro de su recinto; tanto así que,
rápidamente, la apresó y se detuvo a
contemplarla.
Las cucarachas generalmente son omnívoras; es
decir, comen de todo; por lo que, ahora, Israel, tenía alguien a quien
alimentar; al principio el insecto estuvo intentando salirse mil veces de la
bolsa de su camisón; entonces Israel zarandeaba su tela y esta volvía a caer al
fondo. Cuando, por fin, dejó de luchar, Israel comenzó a echarle migajas de
pan, porque es sabido que aman el almidón, las
grasas y los azúcares.
Así, a su mascota fue llenándosele el
buche. Mientras lo hacía, el tipo recordaba cómo habían muerto cuarenta y cinco
mil personas en Perú, producto de la inmundicia de aquel insecto. Se dice que
una cucaracha puede vivir sin cabeza durante dos semanas… justo el tiempo que
lleva Israel sin poder pegar los ojos.
Israel envidiaba la suerte de aquella
insignificante cucaracha. Bien podría salir y escapar para siempre de su bolsa;
sería libre y se escurriría hacia el mismo haz del luz del que vino, libre como
él no lo sería nunca más y, no más por eso no la dejaría escapar, porque se
encontraba algunos escalones más abajo que él como especie como para no ejercer
su dominio. Además, ya había gastado una semana entre juegos tontos, moronas y
observaciones vacías; era muy tarde como para pensar en su despedida.
Cuando ya faltaban tres días para su
ejecución, se negó a salir de su
estancia; por fin regresó a la crudeza de su destino: faltaban tres miserables
días y no sabía nada de ningún familiar. Nunca recibió una sola llamada en toda
su estadía; el mismo oscuro y su minúscula compañera le abrazaban.
Por fin regresó el martilleo de su
corazón. Faltaban dos días y una nueva
gota de sangre le bajó por la sien… Se había dado vacaciones durante los días
anteriores, pero algo lo hizo volver al recuerdo de su miseria. Palpó su bolsa
como para darse ánimo y aquel insecto estaba embebido, los pelos de sus patas
comenzaban a destilar como gotas de rocío con cierto olor desagradable. Metió
su mano a la bolsa, las patas de la cucaracha comenzaron a patalear débilmente ―¿Será
que la aplasté mientras dormía?―, su amiga se encontraba, ahora, panza
arriba, ―Tal
vez no aguantó la temperatura de mi bolsa.
Siempre se ha dicho que las cucarachas son
resistentes a los cambios externos, sin mayor asombro colocó a la cucaracha en
medio de un círculo que hizo con sus sábanas y esta, de pronto se levantó… ―Vaya,
vaya… pero ¿qué tenemos aquí?, ¿una timadora?— El tipo evitó que el insecto decidiera irse,
pero la cucaracha abrió sus alas, hasta ese momento recluidas e intento
zafarse--; Israel la detuvo nuevamente y, a la tercera vez, se dio cuenta de algo, vaya uno a saber si
deliraba, pero…
Conforme extendía sus alas la cucaracha
crecía, se ensanchaba su cuerpo, sus patas y sus alas se flexionaban como un
descapotable, de vez en cuando. Aquel insecto estaba inflándose rápidamente y
las luces blancas y negras, que se colaban débilmente entre la rendija del
cuarto, fueron haciéndose intermitentes y grandes; casi como cuando se proyecta
una película de las viejas que requieren lona blanca.
Había una lucha entre hombre e insecto. Se
acrecentaba el cuarto en la mente del reo y, cuando ya llevaba sus diez
centímetros de ensanchamiento el tipo la sujetó rápidamente y se la metió en la
boca, comenzó a morder su cabeza hasta
demolerla, las patas se rastrillaban de un lado a otro entre sus dientes, pasaba
con su lengua un caldo amarillento que se mezclaba entre su saliva haciéndose
cada vez más y más viscoso; Israel iba engullendo al insecto lentamente, sus
patas le supieron agrias, las alas le semejaron a dos astillas crocantes y el
cuerpo a un enorme budín.
Así, las luces que habían invadido la
habitación se comenzaron a distorsionar, casi como si estuviese en estado de
embriaguez. Miraba las paredes y estas eran enormes…
Sintió unos punzones que le rajaban el
cuero de sus brazos, y comenzaron a salirle filamentos color marrón. Sin mucha
espera, un dolor intenso se apoderó de
su cabeza y cuando trató de palpar su frente para descubrir a qué se debía, se
dio cuenta que ya no tenía dedos y se encontró, de un pronto a otro,
acicalándose las dos antenas enormes que le sobresalían. Entonces cayó
instintivamente al suelo y al hacerlo sintió el soporte de dos nuevas
extremidades que venían emergiéndole del abdomen y aún las sentía babosas.
Sacudió un poco su cuerpo y sintió que
unas alas le rozaban las nalgas desnudas y, cuando por fin quiso gritar
salieron de su boca dos pinzas abiertas hacia ambos lados. Poco a poco se fue
encogiendo hasta tomar la forma de la cucaracha. Miró de frente la fisura a la
que siempre le había prestado atención y en una carrera endemoniada salió a
través de ella; corrió como si lo persiguiera el mismo diablo…
Esquivó las patas de las sillas, las
pisadas enérgicas de algunos guardas que le injuriaban la muerte, escaló las
paredes y logró salir intacto de los pasillos, de esa manera fue avanzando
hasta llegar a la única barrera entre él y su libertad; la pared externa de la
prisión. Escalando con una sola bocanada de aire llegó a la cumbre, abrió sus
alas y se lanzó al vacío de la noche.
“Extendió sus alas bajo una luz tenue…
Un canto de triunfo se elevó en un aire insensible
una antena sondeó el horrible silencio
y se replegó sabiéndose satisfecha:
todo bien. Todo en su sitio
como era en un principio”.
(Wole Soyinka).
El día de su ejecución, Israel Portilla
fue llevado por dos guardias a la silla eléctrica. Los oficiales que lo vieron
por última vez aseguran que no se le sentía en este mundo; parecía un día sin
sol, extraviado. Ni siquiera articuló una sola palabra, miraba a la gente como
si su esencia no viniera consigo. Sorprendido, trataba de comprender todo;
miraba sus manos y, de vez en cuando, movía los dedos entendiendo sus
articulaciones. Se le sentía distante, vacío, como aquellos ojos negros que
había visto asomarse por el haz de luz.
Bajo todo el bullicio de la ciudad de
Texas, pegado a una de las enormes paredes del alcantarillado que recorre la
ciudad, había un enorme exoesqueleto que se rajó como si algún enorme insecto hubiera
salido de él.

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