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                                                                                  B.

Una infancia extraña y la muerte de tía Eduviges 

                                  (👉clic acá para el audio del texto)

 

Recuerdo que siendo niño le conté a tía Eduviges sobre aquel hombre de pelo canoso y sombrero de ala corta que venía montado a caballo desde el serpenteante camino de los sueños dejando atrás una polvareda; el mismo que me daba direcciones, ofrecía nombres y señales; y al finalizar me decía que apuntara todo lo anterior y luego agregaba: “No olvides rezar por Rosendo, Marlon”. Pero al pronunciar estas palabras chasqueaba sus dedos frente a mis ojos y se desvanecía entre su propia risa y el relinchar espantoso de la bestia, llevándose consigo cualquier dato preciso; excepto, un nombre y una instrucción: “No olvides rezar por Rosendo”.



Aquella mañana tía Eduviges, a quien de cariño le decía “Edu”, me mandó a dedicarle varios rosarios al tal Rosendo. Posteriormente, tomaría tal acto como deporte, todo era cuestión de contarle alguno de mis sueños nocturnos y entonces recogía su pelo en un moño, se frotaba las manos con sus ojos bien abiertos y me obligaba a comenzar la faena junto a mi hermano.  De tanta rezadera se van a ir al cielo, junto a su madre”, decía mi abuela Mamiñita antes de arroparnos y rociarnos con un agua de cala.

Mamiñita siempre fue coqueta y me tenía un amor excepcional; tal vez, más a mí que a mi hermano. Decía que en mis ojos vivía mi madre. Y yo sonreía, pero con rabia en el interior y, a causa de tanto rezo, le contestaba:


             —Que me guarde un campo junto a Rosendo.

             —Callá que no sabés quién es ese pobre diablo.


    Sus ojos se iban empañando sin explicación alguna y se iba directo a su habitación guardando sus manos la una sobre la otra.


            —¿Te soñaste con Rosendo durante la noche, Marloncito?

            —No, tía Edu.

            —¿No me estás ocultando alguna instrucción, algún lugar o recado de su parte?

            —No

            —¿Me lo jurás por vos, por tu madre difunta y por tu hermano?

          —Claro, tía Edu; te lo juro por mamá, Gio o por quien vos querrás. No te estoy ocultando ni papa de ese Rosendo.

             —Darte nombres, señalarte direcciones… ¡Debiste apuntar, muchacho! Seguro que era la respuesta a nuestras oraciones.

             —¿Y qué pasa si ese Rosendo no venía a nada bueno?

            —Pues entonces te hubiera llevado a vos que era con quien quería amistad. Tu hermano parece que ni le simpatiza. 


Cuando tía Eduviges dijo eso, recuerdo que sentí como si una serpiente helada descendiera por mi espalda. Aunque antes no sentía pavor, lo cierto es que sus palabras habían calado en mi mente y todas las noches repasaba los objetos del cuarto con la intención de no encontrarme algo desagradable, pues… yo todavía soñaba con Rosendo y nadie lo sabía.

También tengo presente, como si fuera hoy, que en casa se hacían dos rosarios y en más de una ocasión nos frecuentaban algunas vecinas con algo de comer o dinero; decía Mamiñita: “Dios no desampara y mucho menos lo hará si ve que solo somos dos mujeres criando a dos jovencitos tan bellos”.

El día que tía Eduviges murió de cáncer yo era todo un hombre y mi hermano ya no estaba entre nosotros. Millares de moscas revolotearon en el cuarto, nos golpearon el rostro y los brazos, se abalanzaron contra nosotros como diminutos dardos; tomaban velocidad en cada recodo del cuarto y cuando, al fin pensábamos que nos libraríamos de ellas, y para nuestro asombro, tía Eduviges abrió su boca y comenzó a tragárselas de tres en tres hasta acabar con el ruido. Recuerdo, eso sí, que les fue imposible irse sin antes deponer su larva en el pensamiento mío y en el de la abuela: ¿Cuál de los dos seguirá en la lista? 


Así, nuestros miedos se nos enredaron en el pelo haciendo nido y las gotas amargas de nuestros ojos comenzaron a bajar cual si aquello fuesen incontrolables cántaros rotos. Mamiñita se amarró su pelo medio canoso como quien cierra un capítulo más, salió de la habitación con su piel morena buscando el respiro para su nariz encorvada; su delantal verde a cuadros iba escapando de todo lo que la muerte le pudiera impregnar. Se fue con el pretexto de buscar el rosario y agua bendita. Todo era tan confuso que solo evoco un pensamiento que escapó de su boca antes de atravesar la puerta: —Esto debe ser culpa del hijueputa de Rosendo—. Luego sujetó su pecho como si aquella frase fuera una cuchilla profunda hurgándole los restos de humanidad para partírselos en mil. 

Solo yo estaba en el cuarto. Había quedado viendo la piel de tía que se contraía raramente e imaginaba que sus uñas comenzarían a ennegrecerse casi de inmediato desde la raíz. Aún seguía sin comprender de dónde había salido aquel mosquero; pero no hallaba la suficiente valentía como para salir de la habitación. Gio y mamá hacía tiempo que habían partido para siempre. Gio se fue de un plomazo en la frente hacía dos años y mamá desde el momento en que nos trajo al mundo, según nos dijo Mamiñita.

Antes de exhalar perpetuamente, la tía Eduviges abrió bien sus ojos provocándome una mudez indescriptible: no pude ni llamar a Mamiñita. Me sujetó fuerte el brazo y dijo como masticando las palabras: "Sé que nunca dejaste de ver a Rosendo, mentiroso, ahora tendrás que ir hasta su puerta, pues mis rezos ya no harán más para evitarte la pobreza. Prometeme que irás, prometeme que buscarás a  Rosendo en su casa oscura donde sus vecinos Delfina Umaña, Leonor Agüero y Wilberth Arce… Sus vecinos Delfina Umaña, Leonor Agüero y Wilberth Arce… Sus vecinos Delfina Umaña, Leonor Ag...üe...". 


               —Te lo prometo, pero soltame, ¡soltame! ¿Y cómo es eso de Rosendo? Tía, esperá, respondeme…


Tía Eduviges murió en nuestra casa aquella tarde.  Con el paso del tiempo me llegué a enterar que ese mismo día había corrido el rumor de que nuestro hogar se había transformado en algo como un enorme panal, pero que en lugar de abejas nos sobrevolaron grandes moscas de alas negras. Cualquiera, desde el tren en movimiento, habría notado esa extrañeza sobrevolando nuestra casa.   

                                                                                                                                                  Regresar al menú principal 👀.            Página siguiente (orden normal)


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