El
clis de sol
Autor:
Manuel González Zeledón. (Magón)
(Costa
Rica, 1864-1936)
No
es cuento, es una historia que sale de mi pluma como ha ido brotando de los
labios de ñor Cornelio Cacheda, que es un buen amigo de tantos como tengo por
estos campos de Dios. Me la refirió hará cinco meses, y tanto me sorprendió la
maravilla que juzgo una acción criminal el no comunicarla para que los sabios y
los observadores estudien el caso con el detenimiento que se merece.
Podría
tal vez entrar en un análisis serio del asunto, pero me reservo para cuando
haya oído las opiniones de mis lectores. Va, pues, monda y lironda, la
consabida maravilla.
Ñor
Cornelio vino a verme y trajo consigo un par de niñas de dos años y medio de
edad, como nacidas de una sola “camada” como él dice, llamadas María Dolores y
María del Pilar, ambas rubias como una espiga, blancas y rosadas como durazno
maduro y lindas como si fueran “imágenes”. Contrastaba notablemente la belleza
infantil de las gemelas con la sincera incorrección de los rasgos fisonómicos
de ñor Cornelio, feo, moreno subido y tosco hasta lo sucio de las uñas y lo
rajado de los talones. Naturalmente se me ocurrió en el acto preguntarle por el
progenitor feliz de aquel par de rubias. El viejo se chilló de orgullo,
retorció la jetaza de pejibaye rayado, se limpió las babas con el revés de la
peluda mano y contestó:
ꟷ¡Pos yo soy el tata, más que sea feo el
dicilo! No se parecen a yo, pero es que la mama no es tan pior, y pal gran
poder de mi Dios no hay nada imposible.
ꟷPero
dígame, ñor Cornelio, ¿su mujer es rubia, o alguno de los abuelos era así como
las chiquillas?
ꟷNo,
señor; en toda la familia no ha habido ninguno gato ni canelo; todos hemos sido
acholados.
ꟷY
entonces, ¿cómo se explica usted que las niñas hayan nacido con ese pelo y esos
colores?
El
viejo soltó una estrepitosa carcajada, se enjarró y me lanzó una mirada de
soberano desdén.
ꟷ¿De qué
se ríe, ñor Cornelio?
ꟷ¿Pos no
había de rirme, don Magón, cuando veo que un probe inorante como yo, un
campiruso pión, sabe más que un hombre como usté que todos dicen qu’es tan
sabido, tan leido y que hasta hace leyes onde el Presidente con los menistros?
ꟷA ver,
explíqueme eso.
ꟷHora
verá lo que jue.
Ñor
Cornelio sacó de las alforjas un buen pedazo de sobado, dio un trozo a cada
chiquilla, arrimó un taburete, en el que se dejó caer satisfecho de su próximo
triunfo, se sonó estrepitosamente las narices, tapando cada una de las ventanas
con el índice respectivo, restregó con la planta de la pataza derecha limpiando
el piso, se enjugó con el revés de la chaqueta y principió su explicación en
estos términos:
ꟷUsté sabe que hora en marzo
hizo tres años que hubo un clis de sol en que se oscureció el sol en todo el
medio; bueno, pues, como unos veinte días antes Lina, mi mujer, salió habelitada
de esas chiquillas. Dende ese entonces le cogió un desasosiego tan grande que
aquello era cajeta: no había cómo atajala, se salía de la casa de día y de
noche, siempre ispiando pal cielo; se iba de al solar, a la quebrada, al
charralillo del cerco, y siempre con aquel capricho y aquel mal que no había
descanso ni más remedio que dejala a gusto. Ella había sido siempre muy
antojada en todos los partos. Vea, cuando cuando nació el mayor jue lo mesmo;
conque una noche me dispertó tarde de la noche y m hizo ir a buscarle cojoyos
de cirgüelo macho. Pior era que juera a nacer la criatura con la boca abierta.
Le truje los cojoyos; endespués otros antojos, pero nunca la llegué a ver tan
desosegada como con estas chiquitas. Pos hora verá, como l’iba diciendo, le
cogió por ver pal cielo día y noche, y el día del clis de sol, qu’estaba yo en
la montaña apiando un palo pa un eleje, es qu’estuvo ispiando el sol en el
breñalillo del cerco dende buena mañana.
Pa no
cansalo con el cuento, así siguió hasta que nacieron las muchachitas estas. No
le niego que a yo se m’hizo cuesta arriba el velas tan canelas y tan gatas,
pero dende entonces parece que hubieran traído la bendición de Dios. La mestra
me las quiere y les cuese la ropa, el Político les da sus cinco, el Cura me las
pide pa paralas con naguas de puros linoses y lentejuelas en el altar pal
Corpus y, pa los días de la Semana Santa, las sacan en la procesión arrimadas
al Nazareno y al Santo Sepulcro; pa la Nochebuena las mudan con muy bonitos
vestidos y las ponen en el portal junto a las Tres Divinas. Y todos los costos
son de la bolsa de los mantenedores, y siempre les dan su medio escudo, gu bien
su papel de a peso, gu otra buena regalía. ¡Bendito sea mi Dios que las jue a
sacar pa su servicio de un tata tan feo como yo…! Lina hasta que está culeca
con sus chiquillas. Y dionde que aguanta que no se las alabacén. Ya ha tenido
sus buenos pleitos con curtidas del vecindario por las malvadas gatas.
Interrumpí a ñor Cornelio, temeroso
de que el panegírico no tuviera fin, y lo hice volver al carril abandonado.
ꟷBien,
¿pero idiái?
ꟷ¿Idiái
qué? ¿Pos no ve que jue por haber ispiao la mama el clis de sol por lo que son
canelas? ¿Usté no sabía eso?
ꟷNo lo
sabía, y me sorprende que usted lo hubiera adivinado sin tener ninguna
instrucción.
ꟷPa qué
engañalo, don Magón. Yo no jui el que adevinó el busiles. ¿Usté conoce a un
mestro italiano que hizo la torre de la iglesia, de la villa: un hombre gato,
pelo colorao, muy blanco y muy macizo que come en casa dende hace cuatro años?
ꟷNo, ñor
Cornelio.
ꟷPos él jue
el que m’explicó la cosa del clis de sol.

Comentarios
Publicar un comentario