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                                        H.

Conversación póstuma al reencuentro con tía Edu

                                                (👉clic acá para el audio del texto)


 

 


¿Será que Rosendo se llevó un secreto a su tumba?, ¿alguna guaca no develada que nos dejó pobres? ¿Y de quién es familia, si nunca me lo presentaron o mencionaron? ¿Un tío abuelo que no conocí y de quien la tía Edu no alcanzó decirme nada? Si es así, fue solo un miserable que dejó a toda su descendencia comiendo mierda y debe estarse muriendo de la risa, porque nos reunió a todos para hacernos saber que un pobre nace, crece, se reproduce y muere entre la miseria.


—¿Qué es lo que te tiene tan inquieto, Marloncito? Te movés de un lado al otro como si estuvieran devorándote el alma y veo que pensás y luego te quejás en voz alta, creyendo que nadie te escucha; pero ignorás que yo misma tengo mi historia con ese Rosendo que te tiene colérico y esta vez tenemos todo el tiempo del mundo para poder contarte...  Aquella noche, como una de tantas entramos a través del pasadizo de siempre, lo recuerdo como si fuera hoy, porque Mamiñita siempre me obligaba a acompañarla a recoger lágrimas de cala para recetarle a media Orotina.

        —¿Lágrimas de cala, tía Edu?

      —Bueno, en realidad eran solo el rocío que en ellas quedaba durante la noche. Las gotas que quedan dentro de la flor de las calas que les ponen a los muertos recién llegados. Mamiñita las recogía en frascos pequeños y decía que si uno se untaba eso en los oídos, podría escuchar a los muertos… que ella sabía cuáles allegados del difunto vendrían a visitarla más tarde a la casa.

       —Pero yo recuerdo que Mamiñita nos rociaba con eso antes de dormir.

       —Es cierto, pero es porque ese era el sobrante del día.

       —Ya veo…

       —Pero una de esas noches que fuimos porque recién habían enterrado a una niña, tu abuela y yo salimos de la casa, atravesamos la línea del tren en silencio: sus durmientes fríos y las líneas rutinarias rezumbando golpes ancestrales como si con ello se aliviara la tristeza humana que soportan. Nos topamos con una hermosa mujer, la luna la fue dibujando con sus hermosas trenzas rojizas. Mamiñita había escuchado que por la línea del tren salía una muchacha como de veinte años que se había suicidado después del asesinato de Gio. Mamiñita la vio como si nada y hasta levantó su mano y la saludó: —Que tengás buenas noches, Alejandra—. Pero ella ni se inmutó, siguió su camino con sus ojos negros como botones y daba saltos de durmiente a durmiente. Luego la vi sentarse en la estación de Mastate, tocar el respaldar con sus dedos aperezados e inclinar su cabeza con desgano entre sus dos manos de porcelana.


      —¿Y Rosendo?

      —Esperá, ¿sabés de cuál Alejandra te estoy hablando?

      —No, y no creo que me importe mucho, tía Edu.

     —Así fuiste siempre, Marlon, un cerdo… Nunca te importó saber nada de tu hermano ni de nadie. Aunque no me preguntés te voy a decir que la tal Alejandra anduvo con tu hermano para el tiempo en que te salvaste gracias a aquella confusión que se generó al ser vos idéntico a él, ¿recordás?... El caso es que esa noche naturalmente me asusté y me agarré fuerte del brazo de Mamiñita.

 

Mi hermano me duele como si un millar de alfileres me atravesaran el corazón. Había sido ejemplar en la escuela y su paso por el Ricardo Castro lo había colmado de fama casi eterna: siempre cuadro de honor, doblándose la espalda cuando nos llevaban a limpiar la finca de maleza; todas las compañeras amaban a Gio y yo, tristemente acepto, que solo fui su sombra. Pero a pesar de ello, nunca lo odié porque era bueno conmigo, porque me invitaba a algunas cervezas y charlábamos sobre sueños y algunas mujeres, o sobre la posibilidad de abrir nuestro propio negocio; sin embargo, no recuerdo que me contara nada sobre alguna Alejandra. Tal vez porque para esa fecha yo ya era otro, o porque me quiso aconsejar cuando me enredé con los colombianos y me hice el sordo en su cara.

 

    —Tía, no me tirés más con eso. Mejor contame sobre Rosendo, que cada vez que alguien dice “Gio” siento que la agonía de Cristo no es más que un chiste comparado con lo que siento.

     —¿Rosendo? Pues a él lo vimos una vez que terminamos la caminata e ingresamos al cementerio. Vino desde el sur de la nada obscura, mientras las lápidas calizas se convertían en candelas que reflejaban esa misma luz de la luna que nos venía acompañando por el camino. Llegó montado a caballo y dirigió su mirada hacia Mamiñita y le pidió que lo ayudara, que él la recompensaría con un secreto que esconde esta tierra o con su mismo amor.

    —¿Y vos soñaste alguna vez con Rosendo, tía Edu?

    —Hasta mis 15 años lo conocí en persona, luego no supe más de él. Pasados los años comencé a tener sueños de que regresaría a la casa; sin embargo, estaba segura de que Mamiñita no le perdonaría lo que le hizo a tu madre. Eso sí, recuerdo que en uno de los sueños se me acercó masticando el tallo de alguna mata y me balbució sobre la existencia de una guaca en el pueblo. Me dijo que mandaría instrucciones en agradecimiento a los rezos de Mamiñita; y que a mí no me hablaría más.

    —¿Y no te habló nunca más?

   —Yo le dije que me aterraba su voz ronca, que no era igual a la que le conocí; que saliera de mis sueños y que mejor se comunicara con otros. La verdad, Marloncito, que hasta llegué a pensar que eso era cosa del diablo. La última vez que lo vi en un sueño, que fue hace mucho tiempo, le hablé sobre los gemelos preciosos que vivían en nuestra casa…

    —¿Le dijiste algo sobre nosotros?

   —Claro, muchacho, pero no solo sobre ustedes; también le reclamé a causa de la tristeza honda que me había quedado después de la muerte de mi hermana, tu madre.



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