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  F.

El encuentro desde la mirada de una muerta


                                                        (👉clic acá para el audio del texto)

 

Soy una niñita de vestido blanco que habita en el recuerdo de su familia. No estoy sola en este valle de los muertos, estoy con mi tío.  A él lo amo porque siento su amor correrme desde la punta de los dedos hasta el corazón y porque siempre he sido su little princess. Al regreso del trabajo no olvidaba traerme un chocolate, una postalita colorida, alguna flor, un mango o un marañoncito.  El marañoncito decía que era rosadito como mis cacheticos. Aún hace la misma expresión cuando acá traen alguna rosita. Me sienta en sus regazos, la vemos juntos un buen rato, luego la acerca a mi nariz con su mano, la huelo; también la besamos, primero él y luego yo; la pone entre mi pelo y me dice: Oh! You are so beautiful, honey.

Él es alto, yo bajita. Su nombre es sonoro y debido a eso me es imposible dejar de pensar que tío es una persona importante, a mí me hace reír con solo pronunciarlo. En casa, recuerdo que me miraba desmorecida de la risa y me agarraba a cosquillas contra el sillón. Hoy, después de ponerme la rosita entre el pelo, le pregunté que por qué seguíamos aquí. Me sonrió, luego besó mi frente y me respondió:

        —Por una guaquilla que dicen que hay.

        —¿La que dicen que hay por Kilómetro 1? Pero si eso es puro cuento, tío.    

        —¡Ja, ja, ja! Sí, yo lo sé; pero dejá que la gente busque sus tesoros… cuando lo hacen es porque no aprecian los que tienen cerca. Por ejemplo, ¿cuánto darían tus padres y tus hermanos solo porque estuvieras con ellos?

       —Mucho, tío. Yo misma los acompaño cuando vienen a recordármelo con lágrimas entre los ojos.  Tío, ¿y yo soy tu tesoro?

       Of course, you are my little great treasure.

       —Tío, ¿y quién es ese viejito que está ahí?

       —¿El que anda buscando una tumba y no deja de decir el nombre de un tal Rosendo?

       —Sí… ¿Por qué nadie le ha dicho que ese Rosendo no vive aquí?

       —Porque él no le ha preguntado a nadie más que a ese Rosendo y no es bueno meterse en esos asuntos.

       —Pero tío… tío… yo quiero ayudarlo.

       —No es bueno, cariño.

       —Pero tío, me da tristeza que alguien tan mayor esté aquí, en el cementerio, y a estas horas.

     —Está bien, ayudalo, pero no lo asustés. Vos siempre con ese corazoncito caritativo. Andá y te busco las calas más lindas de acá. Tal vez Emilio, amigo de la familia, sepa quiénes vienen llegando antes de que Mamiñita nos robe las calas que tanto te gustan.

       —Bueno, ya vengo y no me tardo.

Deseo ser cautelosa, a veces hago ruido al pasar entre cada charco que se empoza en los desniveles del suelo. No quiero molestar a nadie, pero me gusta jugar. A veces me escondo para que tío me encuentre, lo dejo contando hasta cien y le robo la vuelta... ¡Le he pegado cada susto!  En otras oportunidades me deja ir a jugar con otros niños; hay unos tan pequeñitos que con costo voltean sus cuerpecitos hacia el otro lado, balbucean palabras que no conozco, también me permiten alzarlos y yo me los como a besos. No me llevo tan bien con la gente adulta y soy sincera, pero ahora lo que me da es pena al ver a una persona tan mayor acá… Seré cautelosa…

       —No es bueno que ande solo y a estas horas, señor.

       —¡Jueputa susto!¡La Virgen y los santos!...  ¡Pero si es una niña!

       — ¿Se encuentra bien?

       —¡Niña cabrona!, ¡estas no son horas para andar fuera de la casa y menos acá!...

       —¿Tan grandote y tiene miedo?

       —No es que tenga miedo, el miedo me tiene a mí y qué es, ¿acaso no tenés familia!

      —Claro que tengo, solo que tío me anda buscando unas calas. A él le gusta que visitemos a unos viejos amigos suyos. Veníamos juntos de la mano. Pero yo lo he visto a usted a la distancia y tengo curiosidad porque me parece raro que frecuente un cementerio a estas horas. 

       —¡Recoger calas a estas horas?, ¿y ustedes no les tienen miedo a los muertos?

      —Claro que sí, señor, yo les temía cuando pequeñita me tocaba ir a la iglesia a despedir a alguno, no crea que yo iba muy feliz a esas misas. A mi madre no le gustaba que nos arrimáramos al ataúd, pero yo iba a escondidas con mis hermanos, miraba aquellos rostros tiesos y me atormentaban los sueños que tenía durante la noche… Aquellas enormes manos rígidas de uñas ennegrecidas. Claro que yo les temía antes, sobre todo cuando estaba viva. Pero qué hay de usted, ¿les tiene miedo? 

       — ¡Cuando estabas viva? ¡Ay! ¡Ah! ¡Agg!

       —Señor, ¿se encuentra bien?...  ¡Tío!, ¡tío!...



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