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K.

El encuentro con Rosendo

                                              (👉clic acá para el audio del texto)

—¿Qué quieres, Mamiñita!, ¿por qué gritas como una loca a estas horas? ¿Por qué sigues frecuentándome si vos me habías echado de la casa?

Grito porque llevo décadas amando a una sombra, porque no encuentro mayor explicación sobre mi vida; también llego decidida esta noche a que se me diga por qué mi cuerpo sigue intacto… La verdad que no, no es a eso a lo que vengo; ya solo me interesa verte, Rosendo Buendía. Y vos preguntando que qué quiero como para sentirme timada en los nudillos de los dedos, en los quiebres de la piel y los retazos que son mis manos.

¿Ya te habré perdonado por violar a nuestra hija y hacerla morir con el nacimiento de los gemelos? Maldito demonio, porque con tu muerte te perdoné y hasta llegué a aceptar que no logré olvidarte nunca.

Te busco desde que te conocí y me hiciste tu mujer, voy y vengo eternamente como un oleaje para que te adueñés por completo de mí y me envolvás en tu chale, para que me hablés de “tú” y yo de “vos” como si lo nuestro fueran dos formas que nunca lograrán entenderse y que sabemos que es mentira; que eso es una terrible mentira porque vivimos juntos el uno con el otro donde quiera que nos pongan.


—Porque te amo como a nadie, Rosendo, y ya solo vos me quedás… ¡Solo vos me quedás!

—¿Entonces ya te enteraste de que Marlon ha muerto? ¿No será que lo tuyo es enfermizo?

—¿Enfermizo? Tal vez sí porque en ninguna de mis hijas o nietos encontré tu piel, y, es que, es mil veces más distinto el color de un hombre en la casa al que pinta la brocha de madre abnegada; si bien los recuerdos de una pareja se endosan en la piel de los hijos, eso no va siempre con una. Y vos apareciendo en sus sueños cuando yo era la que venía con el pretexto de las lágrimas de cala porque no te soltaba del pecho. Sos frío como todos los hombres que se acostumbran al amor incondicional. ¿Seguís frío?

—¿Entonces dime si lo tuyo es incondicional?

—Mi pacto de amor contigo fue eterno, pero vos y tus estúpidas guacas… tus estúpidas guacas, Rosendo.

—Abre bien los ojos, ¿acaso no notas que yo mismo he ido cambiando de parecer?

—¿Y eso?

—Pues que las guacas que he encontrado en este suelo no son piezas de oro precolombino, sino cuerpos tiesos de cara inmóvil de los que tú has comido hasta nuestros días. Sí, cuñas de oro que están en los bolsillos de todos aquellos que frecuentan tu casa en búsqueda de respuestas del más allá. Mamiñita, ese es el mosquero que se ve desde afuera de tu casa: los que vienen para que les cuentes lo que dicen los muertos.

—¿Y pensás que eso compensa el rumor que corre de que en Mastate vive una bruja?¿Creés que me gusta que se hable así de mí?


—Si no lo compensa, por lo menos que lo compense esta verdad que por fin te digo: Resulta, vieja Mamiñita, que yo tampoco soy tu Rosendo y, sin embargo, todo este tiempo me he ocupado de ti.  

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