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 E.


                                                              (👉clic acá para el audio del texto)
 
        Recuerdo que yo, Marlon, le había prometido esta visita a tía Eduviges justo antes de que partiera para siempre, pero lo hice solo para que soltara mi brazo. También lo hice porque, aun siendo adulto, me dejó aterrado y ahora, acá, después de tantos años, resulta que siento algo parecido: hay pasos que, por más cautelosos que sean, zumban hasta el inframundo y no se sabe quién escuche o quién desee responder.
        Hoy, durante la mañana, fui atormentado con la voz de mi tía y sentí el imán que me jalara por el pecho y su voz nítida hablándome al alma. Pero la verdad es que estoy aquí, a deshoras, porque tampoco soporto mis ojos entreabiertos que son intolerantes a las migajas sobre la mesa y reviven la mirada desvanecida de Gio con una bala entre su frente, por mi culpa y a causa de nuestra pobreza.  Llevo noches sin dormir y pienso que, tal vez, haya algo para mí y que la verdad no me fue dicha, sino por tractos que no logro acoplar. Tampoco me resigno a morir pobre.
        Y la gente que cree que con la edad los sustos se van, pero resulta ser todo lo contrario: quien ha llegado hasta este escalón tiene presente todos los días que en cualquier momento se irá y la zozobra lo perseguirá a uno hasta ese fatal encuentro. Uno no sabe cómo, cuándo o de qué forma, pero, en mi caso, lo único que no quiero es que me encuentre con nada entre las manos.
       Ahora escucho las hojas de los árboles que caen y suenan al tocar el suelo, como si sus bordes fueran filamentos de metal golpeando suavemente un vidrio. Algunas vienen mecidas por el viento y desfallecen en mi espalda con su tic-tic. Dos que no son hojas me han tocado, dos que se sienten como garras de alguna mano encorvada y demoniaca, pero que no veo en medio de la noche. ¿Será acaso la mismísima mano peluda que dicen que salía por una alcantarilla del parque José Martí?
         El miedo se huele, y eso lo saben los perros y los espectros; solo que los últimos no ladran, sino que lo disfrutan y jadean a nuestros oídos…


         —No es bueno que ande solo y a estas horas, señor.
        —¡Jueputa susto! ¡La Virgen y los santos!... ¡Pero si es una niña!
        — ¿Se encuentra bien?
        —¡Niña cabrona!, ¡estas no son horas para andar fuera de la casa y menos acá!...
        —¿Tan grandote y tiene miedo?
        —No es que tenga miedo, el miedo me tiene a mí y qué es, ¿acaso no tenés familia?
       —Claro que tengo, solo que tío me anda buscando unas calas. A él le gusta que visitemos a unos viejos amigos suyos. Veníamos juntos de la mano. Pero yo lo he visto a usted a la distancia y tengo curiosidad porque me parece raro que frecuente un cementerio a estas horas. 
        —¡Recoger calas a estas horas?, ¿y ustedes no les tienen miedo a los muertos?
        —Claro que sí, señor, yo les temía cuando pequeñita me tocaba ir a la iglesia a despedir a alguno, no crea que yo iba muy feliz a esas misas. A mi madre no le gustaba que nos arrimáramos al ataúd, pero yo iba a escondidas con mis hermanos, miraba aquellos rostros tiesos y me atormentaban los sueños que tenía durante la noche… Aquellas enormes manos rígidas de uñas ennegrecidas. Claro que yo les temía antes, sobre todo cuando estaba viva. Pero, ¿qué hay de usted?, ¿les tiene miedo?  


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