I.
—El clamor de la
inmortal Mamiñita—
Las luces de los autos tiñen y destiñen
la calle; pasa uno, luego otro; pero todos se van alejando, llevan sus exhalaciones
hasta la calle que casi se acerca a mi hogar.
No estoy dormida, sigo en pie. Soy como
una palmera que se dobla pero no cae. No duermo aún, el sueño es para los que
evitan el mañana y, en mi caso, el mañana se ha vuelto mi casa constante. Me
rasguño, he tocado cables de alta tensión, me he atravesado al tren, al carro y
a todo lo que me pueda frenar la existencia, pero no obtengo nada. Tal vez por
algún conjuro mal hecho o porque siempre dejo mi conciencia en casa y no cargo
el mínimo respeto ante la muerte: no le temo. Le he gritado en la cara que no me
asusta su rostro de calavera, pero ella tampoco me teme. Las dos nos echamos el
pulso diariamente y todo queda en la línea media, ninguna mueve ni para allá ni
para acá.
Saludo a Alejandra en el acostumbrado
tramo del tren, siempre lo hice con o sin Eduviges presente. Su espectro aún
sigue la marcha delirante y monótona, está así desde su propia muerte; pero
también mantuvo ese recorrido fúnebre una vez que Gio partió para siempre. Yo la entiendo, la mujer dueña de sí también tiene pasiones
y no importa la edad. A veces un hombre logra dejar una huella imborrable en
nuestras intimidades, ahí es donde nuestra sabiduría se ve en entredicho y
terminamos amando a un completo idiota que no nos merece y, lo peor, lo
sabemos.
Doy un paso, titubeo, doy otro y busco
el infeliz nombre de aquel que me tiene desvelada desde que tengo memoria:
Rosendo Buendía venido de México en una embarcación, Rosendo Buendía escapista
de la revolución mexicana y quien fuera capataz en tierras norteñas de una
hacienda que él llamaba La Media Luna. Y yo busco su voz. A veces me
habla, otras veces solo debo conformarme con su silueta.
Estoy un poco vieja para esto, siento
el cansancio en mis huesos, pero no se me nota: ya dije que estoy inmortalizada
como un retrato. Y ahora me ha dado por dudar que Rosendo me ame después de que
lo eché de la casa por lo que le hizo a nuestra hija. Yo le di todo mi
amor desde que vino al país. Todas las noches me ha jurado, a su modo tosco,
que sigo siendo suya en sus pensamientos.
Pero en vida fue un cerdo aventurero: se creía las historias de tesoros
enterrados por Garabito y con gusto cambiaba la comida por un caballo y se iba
días en busca de nada, y con la guía de algún sueño que lo intranquilizaba
durante las noches.
Rosendo había muerto poco después de
irse de la casa y con él mi sufrimiento. Me habían dicho que lo encontraron
ensangrentado contra las piedras de un río; dicen que se resbaló y fue a dar
contra el suelo. Se lo merecía, lo sé;
pero eso no quita que yo lo amara y me es raro aceptarlo… lo suyo solo
fue una tentación del demonio, porque en todo lo demás era perfecto para mí.
Y a mí solo me ha tocado encontrarme con mi sombra a través
del tiempo, sobre todo cuando el sol orotinense se me embarra en la espalda
como brochazo de miel; y también me da por recordar a los gloriosos hombres de
Orotina que pasaron dándolo todo, pero que aquí yacen avergonzados sin
epitafio, sin nombre y el colmo… ¡Sin tumba! Luego pienso en los que vendrán
para irse a su debido tiempo, sin ninguna gloria.
Y cuando me aburro por tanta soledad salgo a ver las nubes negras que bajan preñadas de lluvia desde San Mateo y me parece que sus gotas son los hijos que encalla la flor de la blanca cala durante la noche. Y de pronto me veo gritando un nombre en plena obscuridad: —¡Rosendo!, ¡Rosendo Buendía!... ¡Rosendo Buendía que te has ido llevándote mi todo! ¡Maldito Rosendo, dónde estás que te amo!
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