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I.

El clamor de la inmortal Mamiñita

                         (👉clic acá para el audio del texto)

Las luces de los autos tiñen y destiñen la calle; pasa uno, luego otro; pero todos se van alejando, llevan sus exhalaciones hasta la calle que casi se acerca a mi hogar.

No estoy dormida, sigo en pie. Soy como una palmera que se dobla pero no cae. No duermo aún, el sueño es para los que evitan el mañana y, en mi caso, el mañana se ha vuelto mi casa constante. Me rasguño, he tocado cables de alta tensión, me he atravesado al tren, al carro y a todo lo que me pueda frenar la existencia, pero no obtengo nada. Tal vez por algún conjuro mal hecho o porque siempre dejo mi conciencia en casa y no cargo el mínimo respeto ante la muerte: no le temo. Le he gritado en la cara que no me asusta su rostro de calavera, pero ella tampoco me teme. Las dos nos echamos el pulso diariamente y todo queda en la línea media, ninguna mueve ni para allá ni para acá.

Saludo a Alejandra en el acostumbrado tramo del tren, siempre lo hice con o sin Eduviges presente. Su espectro aún sigue la marcha delirante y monótona, está así desde su propia muerte; pero también mantuvo ese recorrido fúnebre una vez que Gio partió para siempre. Yo la entiendo, la mujer dueña de sí también tiene pasiones y no importa la edad. A veces un hombre logra dejar una huella imborrable en nuestras intimidades, ahí es donde nuestra sabiduría se ve en entredicho y terminamos amando a un completo idiota que no nos merece y, lo peor, lo sabemos.

Doy un paso, titubeo, doy otro y busco el infeliz nombre de aquel que me tiene desvelada desde que tengo memoria: Rosendo Buendía venido de México en una embarcación, Rosendo Buendía escapista de la revolución mexicana y quien fuera capataz en tierras norteñas de una hacienda que él llamaba La Media Luna. Y yo busco su voz. A veces me habla, otras veces solo debo conformarme con su silueta.

Estoy un poco vieja para esto, siento el cansancio en mis huesos, pero no se me nota: ya dije que estoy inmortalizada como un retrato. Y ahora me ha dado por dudar que Rosendo me ame después de que lo eché de la casa por lo que le hizo a nuestra hija. Yo le di todo mi amor desde que vino al país. Todas las noches me ha jurado, a su modo tosco, que sigo siendo suya en sus pensamientos.  Pero en vida fue un cerdo aventurero: se creía las historias de tesoros enterrados por Garabito y con gusto cambiaba la comida por un caballo y se iba días en busca de nada, y con la guía de algún sueño que lo intranquilizaba durante las noches.

Rosendo había muerto poco después de irse de la casa y con él mi sufrimiento. Me habían dicho que lo encontraron ensangrentado contra las piedras de un río; dicen que se resbaló y fue a dar contra el suelo. Se lo merecía, lo sé;  pero eso no quita que yo lo amara y me es raro aceptarlo… lo suyo solo fue una tentación del demonio, porque en todo lo demás era perfecto para mí.

Y a mí solo me ha tocado encontrarme con mi sombra a través del tiempo, sobre todo cuando el sol orotinense se me embarra en la espalda como brochazo de miel; y también me da por recordar a los gloriosos hombres de Orotina que pasaron dándolo todo, pero que aquí yacen avergonzados sin epitafio, sin nombre y el colmo… ¡Sin tumba! Luego pienso en los que vendrán para irse a su debido tiempo, sin ninguna gloria.

Y cuando me aburro por tanta soledad salgo a ver las nubes negras que bajan preñadas de lluvia desde San Mateo y me parece que sus gotas son los hijos que encalla la flor de la blanca cala durante la noche. Y de pronto me veo gritando un nombre en plena obscuridad: —¡Rosendo!, ¡Rosendo Buendía!... ¡Rosendo Buendía que te has ido llevándote mi todo! ¡Maldito Rosendo, dónde estás que te amo!

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