D.
—La novia de Gio, la que sangra eternamente—
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Soy una mujer sonámbula de la noche y sé que hablan a mis espaldas cada vez que salgo de mi casa con la sangre que escondo en el pecho. No es que sangre tangiblemente, es que en este barrio me han apodado “La que sangra”, porque cargo el dolor de una muerte como si fueran besos que atiborran mi piel, en mis manos y la entrepierna.“La que sangra internamente” de manera tal que no se pueden suturar sus heridas. No soy asesina, loca u obstinada; simplemente, soy una orotinense más que se puede sumar entre las despechadas solteronas del cantón y que sabe Dios que nunca pretendió serlo. También soy quien, cuando el sol da en los porosos brazos de la estación herrumbrada, siente que se ha corroído con ella.
Solo entonces miro al techo metálico que la cubre, sus dos huecos como balazos del pasado a veces dejan caer el agua haciendo minúsculas cataratas que se evaporan en el vacío justo antes de tocar el suelo. La estación es, para mí, solo un brazo perforado que no ha encontrado, siquiera, quién quiera robarse su hierro.
—En la estación mi mano estuvo entrelazada con la suya y bebiéndose su sudor varonil. Verdaderamente, todo es poroso como nuestros huesos o como nosotras, mujer.
—Alejandra, mi niña pelirroja, ¿aún no olvidás al italiano? Entonces es cierto aquel rumor de que seguís frecuentando, día a día y noche tras noche la línea del tren; que te perdés mirando cada durmiente metálico como si el “18” que tienen grabado no fuera más que un “81” al revés. Ahora ya sé por qué salís durante la mañana y regresás húmeda a acurrucarte a mi lado. Vos no olvidás.
Cómo olvidar si soy la que sangra. Justo como cualquier mujer que mes a mes bota el torrente de lo que pudo ser una vida, que en mi caso es lo que pudo ser mi propia alegría. Y yo misma me he preguntado por qué sangro tanto o por qué la sangre que me sale a borbollones del costado va tiñendo las líneas del tren desde que salgo temprano y hasta que regreso húmeda de la estación en Mastate. Y la única razón que encuentro son sus manos.
—No, no lo olvido. Él es el único clavo que me une a la línea. Y si Dios no nos trae otro cataclismo aparte de este sol calcinante que ennegrece nuestros rostros, entonces que se aguante mis salidas a deshoras en busca de Gio.
—Sos como esa maleza que no abandona la línea. ¿No será por esa costumbre de salir tarde que te quedaste sin el santo y sin la limosna?
—No, maldita vieja que abrís la boca para recordarme que no se debe amar a un hombre de mirada triste, porque en sus ojos se esconde el futuro gris. Debés saber que Gio me amó como a nadie, besó mi cuerpo en la cama de zacate tras la estación y me hizo suya una noche como esta que nos cobija. Luego nos sentamos en la banca, buscó mi pupila con la suya, grabó mi nombre en el respaldar de la estación con una cuchilla de mano y por eso es que yo aún recorro este eterno trayecto. Llego, me siento en nuestra banca y toco con mis dedos la grieta de mi nombre, sintiendo su cuchilla, su mano y sus palabras masticadas aún con mi saliva en su boca: —Te amo como a nadie, Ale—. Gio no me dejó por salir de la casa a deshoras, porque si yo así lo hacía, era solo por él.
—¿Maldita vieja? Vaya manera de llamar a quién te da posada sin conocerte.
Oigo a Florencia decir que me da posada cuando acá estamos varias apiladas, la una sobre la otra o sobre el otro, sin distingos de sexo; el pie de una entre la herida del otro o el dedo entre el ojo de la otra. Aquí nadie nos da posada, porque esta casa es de todos; pero decirle a Florencia que no es así sería decirle la verdad que evade desde hace rato y ganas no me faltan de decirle: No, Florencia, en la vida todo es préstamo. Pero es más vieja que yo y a estas alturas nada importa, sin embargo, lo que sí me molesta es que diga que no me conoce cuando acá todos nos conocemos; pero todo es cuestión de recordárselo…
—¿Qué no me conocés, Florencia? Si vos sabés bien que todos en Orotina se conocen, de una u otra forma.
—En eso tenés razón, pero qué, ¿me vas a decir sí o no qué pasó con tu italiano?
—Bueno, pues todos sabían de su hermano gemelo. Todos excepto una imbécil que venía armada desde Heredia.
—¿Y eso?
—Mucho negocio y dinero, y eso junto provoca, también, mucha ambición. Dicen que Marlon, la joyita de la familia, andaba en malos pasos.
—Pero no te lamentés, recordá que todo amor pende del hilo de una araña... y vos no sos la araña que hila el destino.
—No soy la araña y por lo visto y, si lo fuera, sería como la viuda negra. Nada merezco, ese debe ser el problema. Solo soy y seré para todos “La que sangra".
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