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J.

Las dos sin nombre ni importancia

                                                                          (👉clic acá para el audio del texto)


Hay un cristoafuera y de tez blanca como el hueso del hombre. Uno que colgado nos hace ver un cielo no tan pulcro. Cuando llueve se baña de la vergüenza de los santos y hace que sus lágrimas escurran por todo su cuerpo humano hasta mojar la tierra. Pero es engañoso, porque esconde su blancura con los tintes toscos y descuidados del retoque impío de la mano alzada de algún pseudo artista. Antes bien, se estaba descascarando antiquísimo y regando su piel muerta de cemento por encima de las tumbas. Su mirada malograda por lo menos era sincera. Pero ahora que no sabemos a cuál Cristo le hablamos, tampoco sabemos lo que de él esperaremos, al menos yo no lo sé y bajo esta última veladora, están los restos de los que nadie ama ni en el cielo, ni en la tierra.

Soy de las que no tienen familia, otras hay que han sido escarbadas como si ya la desnudez de la muerte no fuera suficiente vergüenza o una vida penosa tampoco lo fuera, a mí nada me han tocado que no me tocaran en vida. Por dicha mi comadre y yo conversamos a diario sobre nuestro destino porque lo ignoramos, ella fue quebrada en dos para que entrara, acá, conmigo; somos solo observadoras lejanas del sufrimiento y aunque nos parece que la vida debiera ser puerto seguro y la muerte el peor chiste; lo único claro es nuestra amistad que es la primera que ambas tenemos. Una amistad sincera es la que no espera nada a cambio de la otra, y verdaderamente que en estas condiciones nada se puede esperar.

Una vez que todo acaba y el párpado diluye el último haz de luz, volvemos a lo humano: Establecemos una conversación entre nosotras, las que no nos sorprendemos porque ya han encontrado la verdad de la vida en su contraposición. Nosotras somos las que no sorprenden a nadie, ni a ellas mismas, y no tenemos más que nuestro diálogo para matar el atolondramiento...

—¿Quién será ese que está en pie entre las tumbas de Delfina Umaña, Leonor Agüero y Wilberth Arce?

—¿El que acaba de hacer estremecer la tierra con su desplome de árbol recién cortado y  justo después de hablar con la niña?

—Es Marlon, miralo bien… Ya por fin le salda la cuenta a Alejandra con lo de la muerte de su hermano.

Un rumor humano nada hace en medio de un mundo que no lo pidió. Para ello hay horas de entrada o salida. ¡Ay, Marlon! ¿Un clamor en un lugar lleno de oídos? Hay que estar loco de atar. Si es que el timbre adecuado de una cuerda bucal puede entrar al remolino de la oreja y llegar intacto al oído de un cualquiera. Ninguna resonancia nuestra merece ser oída en el mundo de los vivos, de igual manera nada hace una voz nítida en medio de nuestras carrasperas inertes. 

—¡Claro! Es el mismísimo Marlon que una vez que su hermano murió se fue hacia San José escapando, pero que ha regresado viejo y más loco que una cabra. No temiendo al rocío escarlata que moja levemente las crestas del zacate decidió que la noche tranquila no era más que algarabía de los santos. Y vino a buscar a un tal Rosendo en plena media noche. ¡Vaya imprudencia! Bien decía ma que la prudencia es para los inteligentes.

—Ay Rosella, no te hagás la buena conmigo. ¿Un tal Rosendo, decís? Si querés que está amistad funcione más allá de lo posible debés sincerarte. Vos sabés mejor que nadie quién es Rosendo Buendía. Si hasta le dabas servicio. Y tampoco te sonriás por ello, ya ves que a mí no se me da y no me agrada eso de las aventuras con hombres casados.

—No son aventuras, se llaman negocios; en las aventuras hay sentimientos, en los negocios no. Ya antes te dije a qué me dedicaba en vida. Además, si no se te da es porque no has sentido el torrente de lujuria en las venas de un casado y no has olido ese temor en sus cuerpos cuando de pronto se encuentran con otra que no es la de siempre. Cuando pisaban como potros recién paridos justo después de acabar dentro de una y comienzan a buscar a sus esposas entre las sombras de una habitación desconocida. Y es que temían, te lo juro, y a mí que me excitaba enseñarles a acostumbrarse a otra voz y otros labios. Es como si olvidaran caminar y yo fuera una madre que los endereza. Yo sí les supe escuchar ese grito interno que les salía del pecho y que clamaba por un poco de aire fresco.

—¿Todo eso le catabas a los hombres casados?

—Eso y más… Es inevitable que por sus esposas solo sintieran el cariño samaritano de la costumbre. Te juro que algunos no se iban de sus hogares solo por agradecimiento, que no es lo mismo que amor. Pero a mí me deseaban con la boca, los ojos y las manos. Si yo pude haber acabado con muchos matrimonios en Orotina, y con ello las familias de ahora no serían lo que son… eso también lo supo la tal “olla de hierro”; pero yo lo supe antes que ella. Sin embargo, ya te dije que lo mío eran solo negocios. Eso sí, yo te puedo asegurar que el que deambula por acá montado a caballo no es el mexicano aventurero que yo conocí.

—¿Y eso?

—¿Has escuchado su voz cuando se dirige a la pobre Mamiñita que lo visita todas las noches? Tiene más eco que cualquier eco y es tosca y carraspeada como si mil voces salieran de su galillo; es más, me parece fingida. La verdad que hasta yo que atendí a hombres de todo tipo me estremezco del susto.

—A todos nos va llegando la hora de ver nuestra propia composición, sino mirá al Cristo clavado en la cruz que está arriba de nosotras: lo han pintado con capas gruesas de pintura y su cuerpo sabe que la pintura es ajena a su hechura original. Sin embargo, la máscara de pintura le ayuda a disimular su propia vergüenza: un rostro desfigurado. Mamiñita es ese Cristo disfrazado, no es ninguna “pobre” a como la llamaste, pues tampoco es una santa y si no, ¿por qué vive tanto y no está entre nosotras?


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